Personal

El Tesoro de Jacinta

Era una niña cuando llegó con su familia a la gran ciudad tras haber sido expulsados de sus tierras a causa de la violencia. Llegó pues, Jacinta que apenas tenía ocho años, con sus padres, sus dos hermanos menores, unas cuantas maletas y un pequeño camión lleno de “corotos” a una pequeña casa, tan pequeña que mamá lloraba mientras cocinaba sentada desde la cama, la única que cabía dentro de ese cuarto de cuatro paredes y en la que tenían que acomodarse los cinco cada noche para intentar dormir, no había espacio ni para reírse. En el pueblo dejó todo lo que no cupo en su maleta; sus amigos, su escuela y sus amorosos profesores, las calles donde patinaba y jugaba al escondite, el parque con sus deslizaderos y columpios, los charcos, los “paseos de olla” al río en familia, las encantadoras montañas que rodeaban el pueblo que la vio nacer y las mascotas de su casa. Ah! esa casa, con ese gran corredor inmenso por el que corría con sus hermanos en medio de sus juegos durante el día. Era una niña vivaz, enérgica, curiosa, de rostro dulce, mirada coqueta, unos tiernos hoyuelos que se dibujaban en sus mejillas cada vez que sonreía y un brillo en sus ojos color café claros que reflejaba la sensibilidad y nobleza que siempre le caracterizó en cada lugar al que iba.

Jacinta leía y escribía sus propios cuentos; era muy inteligente y sobresalía siempre en la escuela, le encantaba estudiar, explorar, aprender. Llegaba orgullosa a casa “izando bandera” cada semana y ocupaba los primeros puestos en las notas. También era la primera en las filas, ya que siempre fue la más pequeña del salón. Era pequeña y tierna, pero su tamaño era todo lo contrario a su imaginación, ésta si que era infinita, aunque no tanto como la gran ciudad a la que acababa de llegar y a la que le tenía tanto miedo; por eso su imaginación siempre fue su alidada, su mejor amiga, su refugio cada vez que se sintió perdida, incomprendida y desprotegida.

Claramente, su vida y la de su familia dió un giro completo desde que dejaron el pueblo, y fue devastador para ella no encontrar sus libros y cuadernos cuando abrieron las cajas en las que traían sus ropas; aquella noche la pobre Jacinta no pudo dormir pensando dónde había dejado la caja con sus textos preferidos, sus colores y sus tesoros; esa caja llena de tanto amor que ella misma se había encargado de empacar con esmero e ilusión no llegó en el “trasteo” y ella no sabía por qué. Fue así como desde pequeña, Jacinta aprendió lo que significa volver a empezar; sin su caja de tesoros sentía que lo había perdido todo, no solo se trataba de sus libros, ella coleccionaba también momentos mágicos de su infancia, que creía que no iba a volver a disfrutar, como la sonrisa de sus padres, el calor de su humilde hogar, los recuerdos de su pueblo y la energía contagiosa de sus perros; en aquella caja guardaba muchos secretos, y con ellos su inspiración; no le quedaba otra opción que sumirse en su mundo imaginario, era allí donde se sentía libre; en sus juegos ella conversaba, inventaba un mundo ideal, reía y se cuestionaba muchas cosas que por mucho tiempo no supo como describir, pero que con decírselo a sí misma era suficiente, nadie más tenía por qué saberlo; solo así lograba olvidarse un poco de la crueldad de una realidad en la que abundaba la maldad, la escasez y el miedo; ahora vivía en la gran ciudad y ella se sentía tan diminuta que el único lugar en el que se acomodaba era en su pequeño cuarto.

Sin embargo, no es que Jacinta haya sido siempre una niña melancólica y temerosa; al principio le costó mucho encontrar su lugar, pero en realidad fue una niña muy feliz, disfrutaba de sus juegos y consiguió muchos nuevos amigos, logró acoplarse poco a poco a la nueva realidad y supo valerse de sus cualidades para ver desde otra perspectiva todo lo que pasaba a su alrededor. La lectura se convirtió en su pasaporte para abandonarse, viajar sin rumbo fijo e imaginar mundos y realidades distintas, en la escritura encontró el medio de catarsis para descargar sus emociones y dar respuesta a muchas de sus preguntas que siempre le surgieron desde niña y nadie supo responder. Aprendió a amar la vida desde los detalles más pequeños que la componían, su familia la acompañó en cada logro, nunca le faltaron los buenos amigos para celebrar sus triunfos y acompañarla en momentos difíciles, tuvo siempre un plato en la mesa, un lugar a dónde ir, un abrazo que recibir, un hombro en el que apoyarse y encontró también, siendo adulta por supuesto, el amor de su vida; fue hasta entonces que Jacinta comprendió que su verdadero tesoro no estaba en esa pequeña caja que alguna vez perdió cuando era niña, en realidad nunca necesitó encontrarla; su tesoro más grande habitó siempre dentro de ella.

Gracias por leer. 🤗

Curiosamente,

Jineth Ceballos

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